La
reforma agraria mexicana: una visión de largo plazo
La reforma agraria mexicana tuvo su origen en
una revolución popular de gran envergadura y se desarrolló en tiempos de la
guerra civil.
A lo largo de un extenso período se
entregaron a los campesinos más de 100 millones de hectáreas de tierras,
equivalentes a la mitad del territorio de México y a cerca de las dos terceras
partes de la propiedad rústica total del país, con los que se establecieron
cerca de 30 000 ejidos y comunidades que comprendieron más de 3 millones de
jefes de familia. Sin embargo, la reforma no logró el bienestar perseguido, y
los campesinos a los que llegó viven hoy en una pobreza extrema.
Entre 1940 y 1965, las tierras aptas para el
cultivo fueron escaseando y cada vez daban rendimientos más bajos; ello se
debía a la falta de humedad, al excesivo número de tierras en pendiente, a la
vulnerabilidad a las plagas, y a riesgos relacionados con la incorporación de
tierras marginales.(...)
El
deterioro paulatino del sector rural se prolongó hasta 1992, cuando se
consiguió reorientar cabalmente el desarrollo rural. La reforma agraria quedó
inconclusa, y sus objetivos sociales y económicos no se alcanzaron. Pese a
estas limitaciones, la experiencia reformista fue determinante y produjo
efectos que conviene analizar para discernir nuevas alternativas.
Ni desastre ni triunfo, la reforma es un
proceso abierto pero imperfecto; sus soluciones de mediano plazo solo serán
viables si se logran de inmediato los acuerdos nacionales y se inician los
programas destinados a conducir la reforma a su término. ...”
Arturo Warman( Antropólogo y ex Ministro de
la Reforma Agraria de México) Frag. enhttp://www.fao.org/docrep/006/j0415t/j0415t09.htm
Después
de tantas horas de caminar sin encontrar ni una sombra de árbol, ni una semilla
de árbol, ni una raíz de nada, se oye el ladrar de los perros.
Uno ha creído a veces, en medio de
este camino sin orillas, que nada habría después; que no se podría encontrar
nada al otro lado, al final de esta llanura rajada de grietas y de arroyos
secos. Pero sí, hay algo. Hay un pueblo. Se oye que ladran los perros y se
siente en el aire el olor del humo, y se saborea ese olor de la gente como si
fuera una esperanza.
Pero el pueblo está todavía muy allá.
Es el viento el que lo acerca.
Hemos venido caminando desde el
amanecer. Ahorita son algo así como las cuatro de la tarde. Alguien se asoma al
cielo, estira los ojos hacia donde está colgado el sol y dice:
-Son
como las cuatro de la tarde.
Ese alguien es Melitón. Junto con él,
vamos Faustino, Esteban y yo. Somos cuatro. Yo los cuento: dos adelante, otros
dos atrás. Miro más atrás y no veo a nadie. Entonces me digo: "Somos
cuatro". Hace rato, como a eso de las once, éramos veintitantos, pero
puñito a puñito se han ido desperdigando hasta quedar nada más que este nudo
que somos nosotros.
Faustino dice:
-Puede
que llueva.
Todos levantamos la cara y miramos una
nube negra y pesada que pasa por encima de nuestras cabezas. Y pensamos:
"Puede que sí".
No decimos lo que pensamos. Hace ya
tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno
platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica
aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le
resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las
cosas. Por eso a nadie le da por platicar.
Cae una gota de agua, grande, gorda,
haciendo un agujero en la tierra y dejando una plasta como la de un salivazo.
Cae sola. Nosotros esperamos a que sigan cayendo más y las buscamos con los
ojos. Pero no hay ninguna más. No llueve. Ahora si se mira el cielo se ve a la
nube aguacera corriéndose muy lejos, a toda prisa. El viento que viene del
pueblo se le arrima empujándola contra las sombras azules de los cerros. Y a la
gota caída por equivocación se la come la tierra y la desaparece en su sed.
¿Quién
diablos haría este llano tan grande? ¿Para qué sirve, eh?
Hemos vuelto a caminar. Nos habíamos
detenido para ver llover. No llovió. Ahora volvemos a caminar. Y a mí se me
ocurre que hemos caminado más de lo que llevamos andado. Se me ocurre eso. De
haber llovido quizá se me ocurrieran otras cosas. Con todo, yo sé que desde que
yo era muchacho, no vi llover nunca sobre el llano, lo que se llama llover.
No, el llano no es cosa que sirva. No
hay ni conejos ni pájaros. No hay nada. A no ser unos cuantos huizaches
trespeleques y una que otra manchita de zacate con las hojas enroscadas; a no
ser eso, no hay nada.
Y por aquí vamos nosotros. Los cuatro
a pie. Antes andábamos a caballo y traíamos terciada una carabina. Ahora no
traemos ni siquiera la carabina.
Yo siempre he pensado que en eso de
quitarnos la carabina hicieron bien. Por acá resulta peligroso andar armado. Lo
matan a uno sin avisarle, viéndolo a toda hora con "la 30" amarrada a
las correas. Pero los caballos son otro asunto. De venir a caballo ya
hubiéramos probado el agua verde del río, y paseado nuestros estómagos por las
calles del pueblo para que se les bajara la comida. Ya lo hubiéramos hecho de
tener todos aquellos caballos que teníamos. Pero también nos quitaron los
caballos junto con la carabina.
Vuelvo hacia todos lados y miro el
llano. Tanta y tamaña tierra para nada. Se le resbalan a uno los ojos al no
encontrar cosa que los detenga. Sólo unas cuantas lagartijas salen a asomar la
cabeza por encima de sus agujeros, y luego que sienten la tatema del sol corren
a esconderse en la sombrita de una piedra. Pero nosotros, cuando tengamos que
trabajar aquí, ¿qué haremos para enfriarnos del sol, eh? Porque a nosotros nos
dieron esta costra de tapetate para que la sembráramos.
Nos dijeron:
-Del
pueblo para acá es de ustedes.
Nosotros
preguntamos:
-¿El
Llano?
-
Sí, el llano. Todo el Llano Grande.
Nosotros paramos la jeta para decir
que el llano no lo queríamos. Que queríamos lo que estaba junto al río. Del río
para allá, por las vegas, donde están esos árboles llamados casuarinas y las
paraneras y la tierra buena. No este duro pellejo de vaca que se llama Llano.
Pero no nos dejaron decir nuestras
cosas. El delegado no venía a conversar con nosotros. Nos puso los papeles en
la mano y nos dijo:
-No
se vayan a asustar por tener tanto terreno para ustedes solos.
-Es
que el llano, señor delegado...
-Son
miles y miles de yuntas.
-Pero
no hay agua. Ni siquiera para hacer un buche hay agua.
-¿Y
el temporal? Nadie les dijo que se les iba a dotar con tierras de riego. En
cuanto allí llueva, se levantará el maíz como si lo estiraran.
-
Pero, señor delegado, la tierra está deslavada, dura. No creemos que el arado
se entierre en esa como cantera que es la tierra del Llano. Habría que hacer
agujeros con el azadón para sembrar la semilla y ni aun así es positivo que
nazca nada; ni maíz ni nada nacerá.
-
Eso manifiéstenlo por escrito. Y ahora váyanse. Es al latifundio al que tienen
que atacar, no al Gobierno que les da la tierra.
-
Espérenos usted, señor delegado. Nosotros no hemos dicho nada contra el Centro.
Todo es contra el Llano... No se puede contra lo que no se puede. Eso es lo que
hemos dicho... Espérenos usted para explicarle. Mire, vamos a comenzar por
dónde íbamos...
Pero él no nos quiso oír.
Así nos han dado esta tierra. Y en
este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo
retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni zopilotes. Uno los ve
allá cada y cuando, muy arriba, volando a la carrera; tratando de salir lo más
pronto posible de este blanco terregal endurecido, donde nada se mueve y por
donde uno camina como reculando.
Melitón dice:
-Esta
es la tierra que nos han dado.
Faustino
dice:
-¿Qué?
Yo no digo nada. Yo pienso:
"Melitón no tiene la cabeza en su lugar. Ha de ser el calor el que lo hace
hablar así. El calor, que le ha traspasado el sombrero y le ha calentado la
cabeza. Y si no, ¿por qué dice lo que dice? ¿Cuál tierra nos han dado, Melitón?
Aquí no hay ni la tantita que necesitaría el viento para jugar a los
remolinos."
Melitón vuelve a decir:
-Servirá
de algo. Servirá aunque sea para correr yeguas.
-¿Cuáles
yeguas? -le pregunta Esteban.
Yo no me había fijado bien a bien en
Esteban. Ahora que habla, me fijo en él. Lleva puesto un gabán que le llega al
ombligo, y debajo del gabán saca la cabeza algo así como una gallina.
Sí, es una gallina colorada la que
lleva Esteban debajo del gabán. Se le ven los ojos dormidos y el pico abierto
como si bostezara. Yo le pregunto:
-Oye,
Teban, ¿de dónde pepenaste esa gallina?
-Es
la mía- dice él.
-No
la traías antes. ¿Dónde la mercaste, eh?
-No
la merqué, es la gallina de mi corral.
-Entonces
te la trajiste de bastimento, ¿no?
-No,
la traigo para cuidarla. Mi casa se quedó sola y sin nadie para que le diera de
comer; por eso me la traje. Siempre que salgo lejos cargo con ella.
-Allí
escondida se te va a ahogar. Mejor sácala al aire.
Él se la acomoda debajo del brazo y le
sopla el aire caliente de su boca. Luego dice:
-
Estamos
llegando al derrumbadero.
Yo ya no oigo lo que sigue diciendo
Esteban. Nos hemos puesto en fila para bajar la barranca y él va mero adelante.
Se ve que ha agarrado a la gallina por las patas y la zangolotea a cada rato,
para no golpearle la cabeza contra las piedras.
Conforme bajamos, la tierra se hace
buena. Sube polvo desde nosotros como si fuera un atajo de mulas lo que bajara
por allí; pero nos gusta llenarnos de polvo. Nos gusta. Después de venir
durante once horas pisando la dureza del Llano, nos sentimos muy a gusto
envueltos en aquella cosa que brinca sobre nosotros y sabe a tierra.
Por encima del río, sobre las copas
verdes de las casuarinas, vuelan parvadas de chachalacas verdes. Eso también es
lo que nos gusta.
Ahora los ladridos de los perros se
oyen aquí, junto a nosotros, y es que el viento que viene del pueblo retacha en
la barranca y la llena de todos sus ruidos.
Esteban ha vuelto a abrazar su gallina
cuando nos acercamos a las primeras casas. Le desata las patas para
desentumecerla, y luego él y su gallina desaparecen detrás de unos tepemezquites.
-¡Por
aquí arriendo yo! -nos dice Esteban.
Nosotros seguimos adelante, más
adentro del pueblo.
La tierra que nos han dado está allá
arriba.
[1] Juan Rulfo publica este cuento en El llano en llamas en 1953. Rulfo
nació en México en 1917, momento en que
comienza la
Revolución. Vivió en la pequeña población de San Gabriel,
pero las tempranas muertes de su padre, asesinado en 1923 de un disparo en la
nuca, y de su madre en 1927, obligaron a sus familiares a inscribirlo en un
internado en Guadalajara, la capital delestadode Jalisco. Gracias a dos becas
obtenidas del Centro Mexicano de escritores, Rulfo logra publicar El llano en
llamas (1953), una antología de sus mejores relatos. Dos años más tarde
publicaría la que es su obra más conocida, Pedro Páramo (1955). Entre otras
menciones, Rulfo recibió el Premio Príncipe de Asturias de las letras en 1983.Juan
Rulfo murió en Ciudad de México el 7 de enero de 1986.

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