lunes, 18 de mayo de 2015


La Guadalupana es la primera imagen femenina de enorme poderío. La preceden filiaciones devotas; creo que así me lo enseñaron mis padres: dogmas, percepciones transfiguradas, creencias, consuelos, iluminaciones, orgullos nacionalistas, chauvinismos. A un pueblo sumergido en el aprendizaje lingüístico, una imagen venerada y étnica le traduce en el acto las complejidades de la ideología. Cristo tuvo madre para tener quien lo llorara, afirma un indito en el siglo XVII. Luego de la Morenita, el desbordamiento del barroco y el churrigueresco, la miríada de santos, ritos y vírgenes, dan como resultado la alfabetización devocional.
Ella integra el pasado azteca al presente ya que Tonantzin  se asimila a esta Virgen que da continuidad a su culto. Pone de manifiesto el barroco de indias que la colonia trae al promover una religiosidad hecha de resignificaciones que da nacimiento a la cultura criolla.
El Barroco de Indias se corresponde históricamente con el proceso de emergencia de la conciencia criolla en los centros virreinales desde los que se establecían los nexos económicos, políticos y culturales con el poder imperial. Los historiadores coinciden en general    en que hacia 1620 aparece ya en el seno de la ciudad virreinal el complejo fenómeno cultural que conocemos como «criollismo». Éste se manifiesta como «el nuevo régimen indiano caracterizado por un intenso protagonismo histórico del vasto conglomerado social formado por cuantos se sienten y llaman a sí mismos criollos en toda la extensión de las Indias.
El período barroco -ha dicho Picón Salas- fue uno de los elementos más prolongadamente arraigados en la tradición de nuestra cultura. A pesar de casi dos siglos de enciclopedismo y de crítica moderna, los hispanoamericanos no nos evadimos enteramente aún del laberinto barroco. Pesa en nuestra sensibilidad estética y en muchas formas complicadas de psicología colectiva

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